CARTA A JORGE ARBELECHE POR MIGUEL AVERO
CARTA A JORGE ARBELECHE
POR MIGUEL AVERO
Texto leído en la presentación de La morada del canto, de Jorge Arbeleche, realizada el miércoles 10 de setiembre de 2025 en la librería Linardi y Risso.
Te vi a solas en la cafetería frente al Gaucho, con la mirada perdida en los ventanales que dejaban ver el trajinar intenso de 18 de Julio. Era una tarde invernal; yo venía de recorrer
algunas librerías, tratando de elegir bien los pocos libros que podría llevarme a casa. Debí desacelerar la marcha cuando caí en la cuenta de que detrás de aquellos cristales confusos se encontraba uno de los poetas más importantes de mi país.
Por aquel entonces -inicios de este siglo- yo no había leído ninguno de tus libros, aunque sí muchos poemas sueltos que circulaban en internet y algún que otro texto cuya lectura había robado en la casa de un amigo, dueño de una biblioteca mucho más amplia que la mía. Crucé la calle y pasé frente a tu ventana con la adrenalina propia de los tímidos, esa que me
acompañó como una sombra durante buena parte de mi juventud. No me animé a entrar. No me animé a decirte (el tuteo es presente): Arbeleche, usted es un gran poeta y yo escribo, o
pretendo escribir, o apenas garabateo algunos versos. Quizás pueda darme alguna sugerencia.
Seguí caminando, consciente de haber desaprovechado una oportunidad y, a la vez, aliviado de no haberme plantado, yo joven nimio, frente a un hombre bajo y a la vez gigante. Años
más tarde te volví a ver en un par de lecturas —creo que en Casa de los Escritores—, rodeado de mucha gente que parecía agasajarte. Si mi excusa, primero, había sido no invadir tu
contemplativa soledad, ahora se había transformado en no querer entrometerme como un bicho molesto en aquel grupo conversador y animado que se reunía en torno a tu figura.
Han pasado años y lecturas, y aquí estamos contigo, reunidos en este templo libresco donde, no hace tanto, un tal Vargas Llosa revisaba los infinitos anaqueles. Estamos aquí, decía, para
celebrar La morada del canto. Ya no tengo excusas: solo el privilegio y la enorme responsabilidad de decir algo, de resaltar un detalle en la catedral de tu obra.
Desde hace un tiempo, tus libros, lejos de descansar, se muestran inquietos en mi biblioteca. El año pasado escribí, con temor reverencial, una reseña para Brecha sobre Liturgia. Era
consciente de que tu figura ya no precisaba reseñas ni galardones; por lo tanto, no tenía más expectativa que dejar en claro mis impresiones de una bella lectura y con ello, invitar a algún
lector desprevenido.
Pero apareció tu generosidad: la llamada que sacudió mi fin de semana, el agradecimiento materializado en tu voz y la impactante conversación —culta y emotiva— que me has venido
regalando desde entonces. No sé si mi escritura ha recibido nunca un premio semejante.
Uno de los primeros poemas que leí de tu autoría fue aquella epístola increíble —sin remitente, como la de Vanka, y no menos conmovedora— dedicada a Federico. Siempre me fascinó, además del fluir ininterrumpido de esos versos, la forma en que el yo lírico se posiciona frente al destinatario de su mensaje. Hay un vaivén constante: de poeta a poeta, de Montevideo a Granada, del presente al pasado, de la vida a la muerte. En cada tramo (en cada estrofa) se busca superar el hiato insalvable entre dos mundos. Y, sin embargo, las palabras vuelan sobre el río, borran la fosa y, a través del canto, hacen posible el encuentro: “…por este amor impar/ -ya que “impar es la dicha”-/ yo celebro contigo desde orillas distantes/ todo aquello que de par y de alegre/ todavía nos aguarde”.
Las antologías, con sus recortes y selecciones, con su minuciosa cronología, suelen invitarnos a conjeturas, y a la búsqueda de contextualizaciones. Me pregunto qué poemas de Sangre de la luz compartiste con tu queridísima Juana, alguna tarde fresca, en su apartamento de 8 de Octubre. En qué verso se detuvo su mirada, mientras vos, veinteañero, apenas avizorando el futuro, la observabas entre incrédulo y nervioso, expectante de sus palabras, de sus alientos y correcciones. Estabas al lado del mito, y quizás no lo sabías, como puede no saberlo un poeta joven que, en esta tarde noche, se cruce aquí contigo.
He dicho que tu poesía tiende a la melancolía. Vos mismo señalaste —en conversación con Marisa Faggiani— que sentías el azote del tiempo fugitivo. Creo no ser irrespetuoso al
afirmar que las mejores notas de tu poesía resuenan al tocar esas cuerdas; pero conviene aclarar (y el término resulta apropiado) que en ella la luz nace de las sombras.
Así ocurre en el bello poema “Con Martha en Florencia”, donde el manto de la noche lo cubre todo y arrastra consigo el recuerdo y la presencia de la muerte. Pero prevalecen los ojos
azules del hermano y la esperanza de encontrar a Dios en la cabecera de la mesa.
No deja de fascinarme, mientras me interno en La morada del canto, la coherencia de tu labor. Parece imposible sostener, a lo largo de medio siglo, una línea poética tan firme y
duradera, tan equilibrada como potente: me refiero a esa exaltación del tiempo, de los instantes que permanecen como cicatrices luminosas y de los largos tramos que se disuelven
en la penumbra. Una celebración de lo fugaz y lo perdurable, de lo cotidiano y lo sagrado.
Creo que en tu caso se cumple aquello de que hay poetas que escriben siempre la misma obra: una continuidad buscada y, al mismo tiempo, natural. Tal vez en el “pájaro apretado” de
tu primer libro se encontraba ya el germen de toda tu poesía posterior, incluso del “Árbol de sombra” con que cierras esta antología.
Esa circularidad, que aparece como una pequeña perla diseminada en numerosos poemas, la quiero evocar con el final bellísimo de cierto texto de La sagrada familia: “Mi madre sueña
el bosque donde/ yo sueño el bosque de mi madre”.
Y a propósito de sueños, dejemos que otros versos nos alumbren. Esta vez, en El bosque de las cosas: “Porque nunca vuelven las cosas a su sitio/ Alguna vez –alguna- forman un círculo/ el círculo del bosque. Y desafiando/ la ley de la gravedad un chorro de agua/ se eleva se sostiene y canta. Es una fuente/ un surtidor oculto una vertiente un río./ O acaso nada más un caño roto./ Aquí/ lo nombro fuente/ pues necesito soñar el manantial”.
Has dedicado tu existencia a sostener ese sueño y hoy lo compartes con nosotros. La morada del canto es, en verdad, ese lugar donde la poesía se reúne y brota, la casa mayor de una obra imprescindible para nuestra literatura.
Podríamos quedarnos toda la noche dejándonos envolver por este manantial y sus reflejos cambiantes, recorriendo juntos esta morada donde vida y poesía se entrelazan como una sola
sustancia. Pero descubro que yo también he demorado demasiado esta carta, y no quisiera que mi punto final retrasara tus palabras.
Así que, Jorge, en esta tarde de setiembre de 2025 —como en aquel febrero del 68 y a lo largo de estos laboriosos cincuenta y tantos años—, es tuyo el canto.

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