DE LAS ALEGRÍAS DIFÍCILES: INESPERADOS PARENTESCOS EN LA PROSA DE MAROSA, MARGUERITE, CLARICE.

DE LAS ALEGRÍAS DIFÍCILES: INESPERADOS PARENTESCOS EN LA PROSA DE MAROSA, MARGUERITE, CLARICE.

Merodeos #8
Por Mauricio Efraín Pagola

  1. La Magia verdadera calla

“Por años comimos guiso de diablo. Quisiera explicar el fascinante gusto y es muy difícil; una fragancia a muerto mechado con diademas”
Marosa Di Giorgio, Clavel y Tenebrario

No importa por qué caminos vuelvo a Marosa, importa el retorno, la necesidad de ese retorno.

Reúno los libros y busco, entre mis cds, la copia del Recital Diadema (Sello Ayuí, 1994). Largo tiempo de búsqueda, luego otros instantes en intentar reproducirlo. Al fin la tecnología doméstica responde y se abren los sentidos a ese rosario de puertas que parecen dar su espalda a todo eso que la literatura ha construido e inventado y nosotros, lectores, hemos reunido en la estantería que ostenta la etiqueta -tranquilizadora como toda etiqueta- de “realismo”.

La voz brujeril de Marosa, dulce, sin empalago, siniestra -sin dejar de sonar inofensiva- cavernosa, poseída, enamorada y habitando cualquier esfera, al igual que su escritura, cualquier universo, eludiendo, en su exuberancia febril, la fácil, la perezosa, la otra etiqueta: lo fantástico, o esa de los híbridos irritantes, también cómodos, de aquello que se bautizó como “realismo mágico”.

Leo, y encuentro la maravilla de siempre, que no hay por dónde tomarla. Sólo parecida a ella misma. La mutación, la transfiguración constante, escenas de pavor o de ensueño, pero sin sentir jamás esa tensión de los opuestos. La violencia y la ternura no establecen un contrapunto, están una dentro de la otra, y el prevalecer de una sobre la otra, dura apenas un ínfimo instante. Es un universo desatado, en que los contrarios jamás se oponen, sino que se trascienden, se reconcilian. Coexisten, como en la bíblica estampa, de un bucólico imposible, el lobo sin hambre, en paz, al lado del cordero pastando.

Leyéndola pienso en el universo animado de Hayao Miyazaki, donde es inseparable el humor del terror, lo bello de lo feo. O donde la magia, no tiene el deber de romantizar, embellecer, menos suprimir, el dolor.

Cierto que esas historias tienen un hilo narrativo bien definido (bueno, algunos poemas de Marosa también, relatan una historia, aunque tome rumbos desconcertantes…), pero, como en su última El Niño y la Garza (2023), los elementos de dolor no encuentran una solución redentora, o un alivio, ni para personaje ni para el espectador, y dónde, por ejemplo, los graciosos loritos nos dan terror mientras nos hacen reír, o el animal más estilizado y de un blanco puro, esconde a un grotesco humano, del que no podemos fiarnos en su ambiguo proceder. Un genio como Miyazaki podría plasmar los universos marosianos en toda su magnífica exuberancia, que obvio rechazan toda adaptación live action; en sus manos, en su mirada, apuesto que cualquier texto inclasificable, tendría el color, la música y el movimiento exactos, sin asomo de traición, ya sea el de Está en llamas el Jardín Natal (1975) o el de La Guerra de los Huertos (1971), textos que no pueden soñarse como películas, o de pensarlos, engrosarían la lista de esa categoría; las películas imposibles de filmar.

Imagino, con el estilo Ghibli, las bandejas del casamiento de la Hija del Diablo, o los pasteles de ratones, los comadrejitos azucarados, las nupcias crueles, reales o soñadas, donde los sexos manan olor ámbar, y despiden oleos color canela, y ese interminable pasar de un sueño a otro sueño. 

Sabemos que en Marosa no existe ese abismo entre eso que están esperando sus manos vacías, eso que puede caer del cielo, sea la vara de un gladiolo, o sea una rata. 

La espera de esas manos vacías, es lo que transfigura esos elementos, y lo que despoja a una rata de las convenciones genéricas; se recibe como maravilla, como una maravilla más, no como elemento de cuento de horror. 

Las manos de Marosa, las manos que ella misma se besa cuando al finalizar sus bodas descubre que no hay novio. Espera y manos vacías, el erotismo humano no viable que desencadena todo un erotismo nuevo y extravagante, mineral, animal y vegetal, un erotismo que se desencadena sin necesidad de lo meramente genital, y que nos abruma, descoloca, tal vez por nuestra concepción de erotismo, demasiado ceñida a los parámetros de lo pornográfico.

Nuestra bruja… ¿bruja negra, o blanca? Dejémosla hablar en trance;

 “Yo soy de aquel tiempo, los años dulces de la Magia” 

¿Y habrá una dulzura beatífica, o una dulzura demoníaca, encerrada en esa magia con m mayúscula?

Cuatro son las reglas fundamentales de la Magia según Dogma y Ritual de la Alta Magia de Eliphas Leví: 

Saber, Osar, Querer, Callar.

Tal vez resulte un salto al vacío, sobre todo cuando el lector se encuentre, hablando de literatura, con eso del imperativo de “callar”. 

Sí, claro, pero en el decir poético, el silencio y las capas de sentido que ocultan más que lo que revelan están permitidas, o mejor dicho, son necesarias; el decir que escape a los sentidos que son fundamentales en los géneros optimistas, o los que deben quedar claros en el discurso de intención política. 

  b ) Moneda, rata, vara de gladiolo

“A min, por exemplo, o personagem G.H. foi dando pouco a pouco uma alegría difícil; mas chama- se alegría.”
Clarice Lispector, A Paixao Segundo G.H

La prosa de Marosa calla (se ha insistido demasiado en Marosa como poeta, aunque en todo lo que leemos, hay narración, pura narración…), tanto como la prosa de Clarice Lispector, donde su decir está sosteniendo, cubriendo un saber, un querer y una osadía que jamás se revelan, o se revelan a medias, dejando sentidos, esencias, verdades en la sombra silenciosa de lo mágico.

No toda escritura, no toda poesía o narración tiene por qué revelar y apuntalar la organización del mundo, también puede entregarse al goce de desorganizarlo por completo, y ahí el silencio y el callar de los discursos vacíos. 

Tal vez, Clarice Lispector no sea asociada de modo evidente a la escritura brujeril de Marosa y a simple vista no se encuentren conexiones; pero es en La Pasión Según G.H (1964), novela, donde la narradora, en el más prosaico de los escenarios: el dormitorio de una criada que ha despedido, y ante el menos fantástico de los sucesos -el descubrimiento de una cucaracha dentro de un placard-, la lleva a una pesadilla, a un salto existencial, a un vértigo filosófico, a un puro desasosiego, donde los opuestos se reconcilian del modo más misterioso, lo repugnante con lo maravilloso, Dios con el Diablo, (formen estos, parte de la iconografía  cristiana o no), el pecado con la salvación, el sentido con el sin sentido. 

Lispector, cargaba con el mote de la Bruja de Leme, pero hay que ver lo brujeril que es en su diáfana, y a la vez, intrincada prosa:

“Contemplaba yo lo que solo tendría sentido más tarde; quiero decir, solo más tarde tendría una profunda falta de sentido. Solo después iba yo a entender: lo que parece falta de sentido es el sentido. Todo momento de “falta de sentido” es exactamente la aterradora certidumbre de que allí hay un sentido, y que solamente no capto, sino que no quiero porque no tengo garantías. La falta de sentido me asaltaría más tarde solamente.“

Y por ahí, cerca del final, una declaración de principios, sobre su arte, o a ese Arte con mayúsculas al que aspira: 

“Y la leche materna, que es humana, la leche materna es muy anterior a lo humano, y no tiene sabor, no es nada, ya lo experimenté; es como el ojo esculpido en una estatua que está vacío y sin expresión, pues cuando el Arte es bueno, es porque tocó lo inexpresivo, el peor arte es el expresivo (…)”

Un arte que toca lo inexpresivo, un arte que en definitiva, decide callar, o un arte que aborda a lo desconocido, sin la ambición de despojarlo de su misterio primordial.  Un arte, la literatura, donde el autor está tan perdido como el lector. Lispector, tiene una moneda, ignorando su valor, y en qué país puede usarla. Traducir a ciegas, eso que es intraducible: 

“Precisaré con esfuerzo traducir señales telegráficas, traducir lo desconocido a un idioma que desconozco, y sin entender siquiera para qué sirven las señales. Hablaré en ese idioma sonámbulo que, si estuviese despierta, no sería lenguaje.”

Marosa con su exuberante bestiario, personajes humanos y no-humanos, y Lispector tan sólo con una cucaracha, construyen una poética que tocan núcleos bastante cercano; son voces que callan, que aúllan, que inquietan tanto como consuelan. Y son ejemplos de escritoras fieles a un idioma sonámbulo. 

Las manos de Clarice están desnudas, como las de Marosa, sintiendo el peso de esa moneda extraña, y sus dos caras: la rata y la vara de gladiolo. Me animaría a decir, en el territorio de lo poético, o lo mágico, me animaría a decir, aun corriendo el riesgo de caer en la banalidad, o en el fácil romantizar a esos elementos, lo poético-hablando de prosa, como estamos hablando- y lo mágico, como si fueran obligatoriamente y siempre, intercambiables, o peor, caras de una misma moneda, como si fueran un maridaje, siempre posible, siempre feliz.

  1. Prosa de piedras, prosa de llovizna

“Sí. Eso es, esa muerte de la mosca se convirtió en ese desplazamiento de la literatura. Se escribe sin saberlo. Se escribe para mirar morir una mosca. Tenemos derecho a hacerlo.”
Marguerite Duras  

Una escritora mucho más política como Marquerite Duras, o sea, más interesada y obsesionada con los hechos, los hechos como piedras, con un peso empírico, mensurable en la prosa, la materia bruta, nada sutil de lo político, y no la prosa de la llovizna, por usar la definición que da el narrador de La Hora de la Estrella (1977) donde quizá esté la propia Lispector, detrás de ese autor masculino, declarando los principios de su escritura.

La llovizna, lo sutil que no tiene por qué empaparte, o calarte los huesos. 

(Revisando mi ejemplar, encuentro en el subrayado: “Y lo que escribo es una niebla húmeda”. Prefiero confiar en el desvío o la amable zancadilla de mi memoria de lector. Por tanto, no cambio y sigo diciendo, llovizna.)

Aunque leyendo a Margueritte, es fácil percibir que era más política en la vida pública, en las declaraciones de su personaje mediático, que en el compromiso íntimo con la materia, o el material con el que construía sus libros, donde jamás descuidó los abismos interiores, las transparencias y las opacidades, del deseo, del sentido, de la espera, de lo dicho y lo no dicho y todos los pliegues laberínticos del lenguaje.

Al final de su “ensayo” Escribir (1994), dedica varias páginas al encuentro con un insecto; una mosca verde y negra, en su casona vacía, una mosca viva, y que habrá de morir, como la cucaracha de La Pasión según G.H. Ahí, podríamos pensar, que todo el ensayo se fue al diablo, y algún trago de whisky de más, llegó a provocar cierto extravío o caprichoso desvío. Pero no…

El relato de ese encuentro, las reflexiones, lo que puede ser materia de reflexión, y lo que inevitablemente queda fuera de las palabras, son poderosos y desconcertantes. 

Para mí, es un vértigo incómodo, y con algo de diminuto gozo, que la voz y los textos de Marosa me hayan llevado a la cucaracha, nada kafkiana de Lispector, y que esta última me haya recordado a la mosca de Marguerite, criatura viviente y mortal, tan inseparable de cómo vive, y qué piensa sobre la actividad puesta en cuestión; qué cosa es eso, o esa necesidad que nos impulsa a escribir.   

Tal vez la prosa de Marosa sea más un aguacero que una llovizna, lo cierto es que esa literatura elude a las piedras del realismo, y tal vez eso toque a Marguerite Duras, que a pesar de lo político, de lo radical y lo feroz, de vivir en el mundo que le tocó vivir, su prosa se construye desde lo inasible, lo incierto, lo musitado, lo mágico del callar. 

Para ir cerrando este paisaje de lloviznas y pocas certezas, comparto la primera página de La Pasión según G.H

“Este libro es como cualquier libro. Pero me sentiría contenta si lo leyesen únicamente personas de alma ya formada.” 

Esta frase sí que me da risa, pero una risa llena de amor, tan grande como es mi amor por Marosa. Además de brujas, locas…porque hay que estar loca para pedir, soñar con semejante lector. Luego menciona lo de las alegrías que, poco a poco, le va dando el personaje de G.H, inseparable de su cucaracha, “una alegría difícil, mas una alegría al fin.”

De alegrías difíciles sé que he intentado hablar aquí, si mi alma está formada o no, lo iré averiguando en el tiempo que me quede por vivir. Y, por último…¿bastará con amar, para formar eso que se llama alma?

Marosa Di Giogio (1932- 2004)

Marguerite Duras (1914- 1996)

Clarice Lispector (1920-1977)

Hayao Miyazaki (1941-)

Eliphas Levi (1810-1875)