Educar la pasión futbolera

Educar la pasión futbolera

José Luis Corbo propone repensar el deporte desde la escuela

El fútbol ocupa un lugar central en la cultura uruguaya. Está presente en las conversaciones cotidianas, en las identidades colectivas y en la vida de miles de niños que cada semana pisan una cancha. Pero ¿qué significa realmente el fútbol como práctica cultural? ¿Qué se aprende —y qué no— cuando los niños juegan?

Estas preguntas están en el centro del libro Cancha y escuela. Educar la pasión futbolera, del profesor y catedrático José Luis Corbo, resultado de su investigación doctoral sobre educación deportiva y cultura futbolística en la escuela.

En una reciente entrevista radial*, Corbo planteó la necesidad de revisar muchas de las ideas naturalizadas sobre el deporte, especialmente la creencia de que el fútbol, por sí solo, transmite valores positivos.

“El fútbol no solo es parte de la cultura uruguaya. Hay estudios que dicen que es el elemento más significativo de nuestra cultura, incluso más que el mate”, explica. Sin embargo, advierte que ese lugar privilegiado del deporte en la sociedad no siempre se traduce en prácticas educativas o sociales saludables.

Uno de los puntos centrales de su investigación es cuestionar la idea ampliamente difundida de los llamados “valores del deporte”. Según Corbo, esa noción tiene un origen histórico muy preciso, vinculado al deporte escolar inglés del siglo XIX.

“El deporte no tiene la capacidad inmanente de formar valores. No alcanza con tirar una pelota y dejar que los niños jueguen”, sostiene.

Esa concepción proviene de la tradición educativa británica, donde el deporte colectivo era visto como un medio para formar el carácter de los futuros líderes. Pero, según Corbo, trasladar mecánicamente esa idea al presente resulta problemático.

“Cuando el deporte funciona solo, muchas veces termina promoviendo justamente lo que deberíamos combatir: la meritocracia extrema, el individualismo o el ‘sálvese quien pueda’.”

El investigador recuerda que el deporte se estructura a partir de tres elementos fundamentales: el juego, la actividad física y la competición. La competencia, señala, es un componente inevitable del deporte, pero el problema aparece cuando se transforma en el único eje de la práctica.

“Si el énfasis está solamente en competir para superar al otro, ahí empieza a haber un problema”, afirma.

En generaciones anteriores, recuerda, el fútbol estaba mucho más ligado al juego espontáneo: los partidos improvisados en la calle o en el campito, donde la competencia existía, pero no anulaba el disfrute.

“Antes jugábamos con otro espíritu. Había ganas de ganar, claro, pero el espíritu principal era jugar.”

En su investigación, Corbo trabajó con cerca de mil niños de sexto año de escuela, analizando distintas variables relacionadas con la práctica deportiva. Uno de los resultados más llamativos fue el fuerte desprestigio que tiene la figura del árbitro entre los propios niños.

“No hay nada más devaluado en el fútbol que la figura del árbitro. Muchos niños creen que el árbitro siempre favorece a alguien.”

Esa percepción, sostiene, no surge espontáneamente, sino que está fuertemente influida por el comportamiento de los adultos y por la cultura futbolística dominante.

En ese sentido, el investigador señala también la persistencia de lo que en América Latina suele llamarse “viveza criolla”: la naturalización de pequeñas trampas o engaños como parte del juego.

“Los niños aprenden que la trampa es picardía”, explica. “Pero eso termina generando un problema cultural.”

El fútbol profesional, agrega, muchas veces refuerza esos modelos de comportamiento. Jugadores que intentan engañar al árbitro o exagerar faltas pueden convertirse en ídolos, y esas conductas terminan siendo imitadas por los más jóvenes.

Otro aspecto que aparece con fuerza en el análisis es el rol de las familias en el fútbol infantil. Las tribunas de las canchas de niños se han convertido en escenarios donde, muchas veces, los adultos reproducen conductas agresivas.

“Hay padres que desde afuera gritan ‘pegale’, ‘matalo’. Eso pasa todo el tiempo”, dice Corbo.

Para el investigador, estas situaciones revelan hasta qué punto la competencia ha desplazado al juego en el deporte infantil.

“Hay familias que esperan que el chiquilín vaya a la cancha para salvarle la vida a la familia. Y esa presión es enorme.”

La idea del fútbol como vía de movilidad social es otro de los temas que analiza el libro. Aunque el número de futbolistas que logran una carrera profesional es mínimo en relación con la cantidad de niños que juegan, el deporte sigue siendo percibido como una posible salida económica.

“De mil que juegan, sale uno”, resume Corbo. “Pero como el sistema muestra permanentemente esos casos de éxito, se genera una expectativa que después frustra a muchos.”

Frente a este panorama, el libro propone repensar el lugar del deporte dentro de la escuela. Según Corbo, la educación física no debería limitarse a enseñar técnica o táctica, sino incorporar también una reflexión sobre el deporte como fenómeno cultural.

La educación deportiva, explica, debería abordar tres dimensiones distintas: la del practicante, la del espectador y la del consumidor de deporte.

“En la sociedad no solo jugamos al deporte: también lo miramos y lo consumimos.”

Por eso, además del aprendizaje motriz, la escuela debería trabajar cuestiones como el respeto a las reglas, el respeto a la figura del árbitro, la comprensión del juego y la reflexión sobre los comportamientos que se producen dentro y fuera de la cancha.

En definitiva, se trata de entender el deporte como una práctica cultural que puede educar, pero solo si existe una intervención consciente.

“El fútbol no es violento”, concluye Corbo. “Nosotros lo hemos transformado en una práctica violenta.”

Repensar esa transformación —y recuperar el juego— es, en última instancia, uno de los desafíos que plantea su investigación.

*Entrevista realizada por Washington Ferdinand en FM Milenium (88.7) el sábado 7 de marzo de 2026

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Cancha y escuela
José Luis Corbo
Ed. Autor, 2026
Pág. 430