Mauricio Efraín Pagola: Merodeos #3

NO HAY DESCANSO ETERNO PARA EL CUERVO, Y EL DÍA PERFECTO: The Raven de Lou Reed

Merodeos #3
Por Mauricio Efraín Pagola

a) Películas

No creo que necesite presentación el señor Edgar Allan Poe (1809-1949) pero para refrescar de quien se trata, recomiendo el extenso y completo prólogo de Julio Cortázar de Alianza Libro de Bolsillo (1970), donde como si se tratara de una obra de ficción, tenemos cinco apasionantes capítulos; Infancia, Adolescencia, Juventud, Madurez, Final.

Leídos o no sus Cuentos, el alcance de su popularidad se debe a la onda expansiva del cine y de sus múltiples adaptaciones. ¿Quién puede ignorar que tras El gato Negro, o El Pozo y el Péndulo, o La Caída de la Casa Usher, existe un autor, célebre autor, cuyo nombre vuelve a repetirse y grabarse en la memoria cada vez que aparecen castillos, espectros, doncellas moribundas, entierros prematuros y melancolía eterna? Cada creador tiene su propio Poe, más allá de toda seria y documentada biografía, es que ese espíritu rebelde y atormentado parece querer escapar, precisamente de lo documentado, de lo fechado para siempre. Las brumas no dejan de moverse y ofrecer sus seductoras metamorfosis.

En el libro de relatos Venus Negra, de la norteamericana Angela Carter (1940-1992), hay unas breves páginas bajo el nombre El gabinete de Edgar Allan Poe, donde el escritor es un personaje de ficción debatiéndose durante su infancia y juventud, en el pozo de sus futuras ficciones. Ahí la autora reescribe todo ese universo del que primero fue una simple lectora. Ese cuento, cruel como pocos, da la sensación que no solo se puede releer y reescribir sus ficciones sino también cualquier posible biografía imaginada.

En el cine, ¿qué ha sucedido? Antes de que llegara la serie La Caída de la casa de Usher (2023) del competente Mike Flanagan (que por más competente no pudo evitar el tropiezo estrepitoso en el ridículo) ya lejos y hace tiempo quedaron un puñado de películas demenciales, pergeñadas por el genio de Roger Corman (1926-2024), productor y director, que pretendió emular el esplendor cromático de las películas contemporáneas de la productora británica Hammer.

Y lo consiguió, pero más allá del look, eligió varios relatos de Poe, y convocó al escritor Richard Matheson (1926-2013) como guionista, para reescribirlos, dejando eso que podríamos llamar “espíritu” intacto. La dupla Corman- Matheson, reescribe, imagina, inventa sin culpa alguna, improvisa al modo de jam sessions sobre el argumento de los cuentos originales. El resultado es, lógico, una hibridez, la cruza del relato del siglo XIX con los tiempos lisérgicos, contraculturales, Poe a la luz de la cultura pop, las atmósferas de culpa, necrofilia, tormento, recreadas con las estridencias irreales del technicolor y el formato del cinemascope.

Ahora, ¿esto lucía como un sacrilegio, como una profanación? Cierto que no deja de ser un Poe para quienes no lo han leído, un Poe bajo la explotación; pero el sentido y la pericia cinematográfica de Corman son indiscutibles, aun cuando la jam session se va al carajo en dos de las siete películas concebidas entre 1960 y 1964, como en El Cuervo (1963), o ya con Robert Towne (1934-2024) en el guion, la estrafalaria versión de Ligeia, Tomb of Ligeia (1964). Sí, ya es demasiado.

Pero no todo es U.S.A. en la alianza Poe y el cine; la culta Europa tuvo sus experimentos y, dentro de un tríptico con dos fallidos u olvidables, quedó un Fellini (1920-1993), el más alejado del neorrealismo y centrado en su yo autoral. Puro narcisismo y megalomanía, nos dejó un ejercicio de onirismo extremo: Toby Dammit  (1968), partiendo del cuento con moraleja y todo, Never Bet the Devil your Head ( Nunca apuestes tu cabeza al diablo), partiendo de ahí para llegar a la luna, o a cualquier otra parte. Es más un Fellini que un Poe, pero -gran misterio- Poe no deja de ser Poe, por más distancia delirante que hayas tomado a partir de él.

Esa libertad, a mitad de camino entre la fascinación y la irreverencia, no fue tan solo cosa de los años sesenta. Ya en el siglo XXI, Poe sigue siendo revisitado, donde puede ser él mismo su protagonista, como The Black Cat (2007), de Stuart Gordon, para la serie Masters of Horrors; grotesca, desmelenada, pero, dentro de todos sus excesos, conocedora de la mitología narrativa del autor. O puede aparecer como “guía” en el mundo onírico de un mediocre novelista con problemas de adicción al alcohol, un Ben Chaplin en blanco y negro, luciendo el reconocible corte de pelo y bigote del célebre retrato de tantas carátulas y solapas, en un guion original de Francis Coppola en Twixt (2011).

Bastan estos dos ejemplos para señalar que Poe no ha gozado de una fidelidad puntillosa y milimétrica en sus adaptaciones, ni en el pasado ni en el presente. Podría aventurar: lectores puros, abstenerse. Lástima todos los universos que pueden llegar a perderse.

Hasta el cine rioplatense tuvo su propia relectura de Poe, con Obras Maestras del Terror (1960), de Enrique Carreras (1925-1995), que contara con la figura de Narciso Ibañez Menta (1912-2004) en la adaptación de tres cuentos, alguno modificado con cierta timidez, para ganar efecto dramático, como el episodio final de El Corazón Delator. Claro está que Carreras no tuvo la osadía de Corman-Matheosn-Towne, y menos la de Fellini (que debe más al genio que a la osadía); prudencia que le agradecemos, pues en su modesto clasicismo, logró una película respetable, entrañable para cierta cinefilia. “Cierta” porque es así, si hay tantos Poe como lectores, cinefilias hay otras tantas.

b) Películas para la mente

He dicho de los tropiezos de The Fall of the House of Usher, serie de ocho episodios de Mike Flanagan, a la que apenas llegué a dos y medio. Pero como no hay mal que por bien no venga, cada vez que me irrito con alguna película, series casi nunca miro, retrocedo, o avanzo hacia la música. Y ya que salí arrojado con espanto del nombre Usher, recordé que no es un disco que suelo escuchar repetidas veces, The Raven (2003) de Lou Reed (1942-2013), quizá por ser un disco doble, quizá por no ser un disco más de Lou Reed, y ser de esas obras conceptuales difíciles de roer. Es un paseo, largo paseo por paisajes incómodos, agresivos, insoportables, seductores, estimulantes, donde lo bueno está en ese Lou Reed que podemos reconocer, el eco de discos largamente escuchados, y donde lo bueno, o lo excelente, también está, puede estar en todo aquello que se aleja de la obra anterior del músico de Transformer (1972), Berlín (1973), Magic and Loss (1992).

Intentaré dar cuenta de ese paseo y, para ello, lo haré sin soltar el disco de la mano. Ahora voy con el cd 1, sin detenerme en ningún track en especial. Tarea que quiero hacer en una segunda escucha. 

No hubo que esperar a 2003, seis años antes de su bicentenario, para que el universo de la música popular hiciera su visita a la obra del autor.

En 1976, The Alan Parsons Project, banda formada por Alan Parsons, músico británico y asistente de grabación de los dos últimos discos de The Beatles, Let it Be y Abbey Road, y ya ingeniero de grabación para el álbum Dark Side of the Moon (afortunado el pibe) y su socio, el productor Eric Woolsfson, verdadero obseso de la obra de Poe, lanzan su primer disco titulado Tales of Mistery and Imagination, trabajo quese ciñe a la manía de los discos conceptuales y que a lo largo de sus 40´ recorre -al modo de grandes hits- los temas más representativos del autor. Allí está The Raven y su infaltable nevermore, The Cask of Amontillado, The Tell-Tale Heart, y House of Usher, cuentos, personajes, figuras y atmósferas que serán esenciales en el disco de Reed. Parsons suena muy leve, complaciente; tiene sus atmósferas, pero brillantes, luminosas, ni cerca de estar cargadas o sobrecargadas, moneda frecuente en los más sólidos y arriesgados exponentes del género progre. Tales of Mistery suena como todo aquello que apareció en la segunda mitad de los setenta, ligero, legible, sino disco, de algún modo bailable, pop, apto para todo el mundo. Todo bien, salvo la densidad del misterio y el vértigo de la imaginación, casi ausentes. Ni hablar de oscuridad.

Esta llegaría de la mano de Lou Reed. Dos Cds, el primero con 15 tracks, y el segundo con 21. Fue una primera edición limitada, que luego quedo reducida a un solo disco con 21 tracks.

El primero es una extraña combinación de disco de rock, algo experimental, con cine; no con radio teatro, con cine. No en vano Reed ha dicho que este disco fue concebido como “a movie for the mind”.

El cine es el arte del espacio, del tiempo, del movimiento. Una película sin planos, sin su duración, sin una cadencia organizada en la puesta en escena, no sería jamás una película. Reed acaso pide al oyente lo imposible: el oyente debe construir los planos ausentes, el montaje, el campo, el fuera de campo, la clase de plano que encuadra una escena, un rostro, una silueta, un objeto. Tarea mayúscula del oyente: realizar su película mental, tan sólo con las voces, sus matices, sus pausas, su fundirse, rechazarse, su poder evocador, ya siniestro, ya luminoso. Cierto que en la lectura es nuestra voz interior y nuestro es el tempo que marcamos, leemos y ya vemos, imposible no verla, nuestra película interior. Pero aquí, al escuchar el disco, estamos sometidos a la tiranía, el capricho y la voluntad de sus intérpretes.

Ese efecto de película se apoya en la voz de Willem Dafoe, que es la que más aparece en los dos discos, la que se impone e invade más tracks. Abre con The Conqueror Worm, como breve y desesperanzada introducción: voz áspera, arguandetosa, llena de ira, de impaciencia, vehemente; digamos, por momentos declamatoria y shakeaspereana, y por momentos entregada a la demencia total.

En el track 4, Prologue (Ligeia) es imposible de seguir, va a una velocidad exasperante para oídos humanos. Voz que aplasta la leve melancolía instrumental. Aunque ahora que la estoy escuchando, el decir de Dafoe parece contradecir lo que estoy afirmando, veloz, sí, pero serena, clara, melancólica. ¿Será que todo disco es una permanente metamorfosis?

Volverá a aparecer en el track 11, The Fall of the House of Usher, piedra angular de toda la catedral Poe, como afirma Cortázar en sus notas. Todos los temas: el opio, la angustia, la enfermedad, la hiperestesia mórbida, el entierro prematuro, los sentimientos incestuosos; las tonalidades o tiempos musicales que estructuran sus dramas.

Y en este track, Dafoe comparte la escena, el relato, con Steve Buscemi, otro actor de los noventa cuya voz nos lleva, de modo inevitable, a su cara y a ciertos hits de Tarantino y los hermanos Coen.

El diálogo es cautivante, atmosférico, salpicado por sonidos de la naturaleza: viento, lluvia; objetos que rechinan, golpean, claro que alaridos agónicos. Todo en un crescendo que sostiene el dramatismo en sus 8´43.

Antes hay temas brevísimos donde cautiva la voz de Elisabeth Ashley, en The Valley of Unrest.  Ashley por momentos suena como la Bette Davis de los últimos tiempos.

Un breve remanso llega con Call on Me, dúo de Lou Reed y Laurie Anderson, sonando a elegía irremediable, pero con aquella belleza, casi consoladora, que pudimos apreciar en un álbum como Magic and Loss. Reed canta como diciendo. Anderson ni cantar necesita, dice.

Y viene Amanda Plummer en Medley, otra voz que asociamos a Tarantino. Pues sí, prólogo de Pulp Fiction, el diálogo en la cafetería: irreconocible, serena y frágil, entre la ronquera de Elisabeth Ashley y la de Dafoe, ya todo un alter-ego de Edgar, ya casi protagonista de esta primera parte de la obra.

Y sigue esa pulseada entre el rock duro, por momentos distorsionado, casi una aplanadora, y los textos, la palabra hablada, el espíritu teatral, literario: A Thousand Departed Friends es un instrumental que no deja nada a su paso, truenos que silencian toda dramaturgia, todo clamor humano, que fatalmente volverá. Parte del respiro lo da Lou cantando Change, regresando a los tiempos de Berlín o New York City. Ilusión que apenas dura 2´18.

Antes de finalizar la primera parte, Reed introduce en el universo de Poe dos temas reconocibles de su obra anterior:  se trata de la desoladora The Bed, canción del álbum Berlín, y Perfect Day, que pertenece a Transformer, clásico dentro de su gran clásico; es decir, dos joyas de su canon. Sólo su melancolía, su humor negro, no las vuelven cuerpos extraños en el gran corpus de The Raven.

Perfect Day está íntegramente cantada por Antony, voz que está a años luz de la de Reed y de cualquier otra voz, masculina o femenina; tan sólo podría nombrar, por esa insistencia de las analogías, a una voz tan inclasificable como la de Jimmy Scott.

Es que es aquí cuando uno necesita, con desesperación, volverse un cazador de adjetivos. No sé quién es Antony, lo vi en la película de Julian Schnabell, Berlín Live at St. Ann´s Warehouse (2007), un gordito que está haciendo coros y en un momento, antes del final del recital, se canta un tema con una voz que parecería no humana. Tremendo.

The Raven, la composición canónica de la obra poética, está a cargo de Dafoe. Y no suena como los recitados del venerado Vincent Price. Quién hubiera adivinado el largo camino de Willem, de Cristo scorsesiano a presencia recurrente en el cine de Yorgos Lanthimos.

Llegamos al disco 2. Abre con un extravagante número de revista musical, cantado por Buscemi, Broadway Song, una especie de comic realif, antes de caer en las tinieblas de The Tell-Tale Heart, El Corazón delator, donde los sonidos deben ser aterradores y ocupar los primeros planos. Y vuelvo a las notas de Cortázar: “La admirable concisión del relato, su fraseo breve y nervioso, le dan un valor oral, de confesión escuchada, que lo hace inolvidable”. La verdad espeluznante, la dupla Dafoe-Buscemi otra vez, para quedar con los nervios crispados, dividido en dos partes; y en el medio se intercala un breve tema de Reed, Blind Rage. Tan solo 3´27.

Hay más temas breves de rock dark liberado y, de improviso, lo que no esperábamos: Vanishing Act, un elogio al arte de la desaparición, pero sin la carga de confesión suicida. Curiosamente con un anhelo casi budista de fundirse en el corazón del maya, la matriz de todas las ilusiones. Con un final que da paso a lo sinfónico. La serenidad, la casi epifanía tiene que dar paso a The Cask, lo tenebroso unido a lo grotesco. El tonel del Amontillado, que según D.H. Lawrence, ilustra “el ansia que nace del odio” y “ese deseo irracional de poseer y consumir el alma de la persona odiada”, pestilencias del alma y la carne que se traducen en el tema con un lenguaje del insulto que Poe no hubiera soñado en sus episodios de intoxicación más feroz. Mucho Kiss my ass, y una línea de gruesa caricatura, “I´ll fuck him up the ass and piss in his face.”

Y llegamos a uno de los puntos más altos, Guilty, donde Reed se apoya en el saxo de Ornette Coleman, la furia sensual se desata por completo. La oscilación entre fuego y hielo, serenidad y espanto, belleza y suprema fealdad.

c ) Tirar la toalla

Sí, llegamos a uno de los picos sublimes de The Raven. Queda gran parte del viaje todavía. Releo todo esto y me siento bastante tonto. Parecería que he asumido, pretendido asumir, el papel de Virgilio y creerme que puedo ejecutar la tarea de una visita guiada por una inabarcable obra maestra. ¿Obra maestra? Bueno, no hablemos como los peores fans (como un fan nunca, siempre pensar y escribir contra el fan en nosotros) del mundo, cierto que hay puntos débiles, y algo obvios: como el rock inicial Edgard Allan Poe, o el estallido cacofónico de Fire Music, que tampoco son gramos de mierda arruinando el plato.

¿Ir por partes como Jack, the Ripper? El más antipático de los métodos, la cosa en sí, en una mesa de operaciones siendo destripada con bisturí, y sujetos sus misterios con alfileres.

La verdad es que soy yo quien necesita un Viriglio para no perderme en infiernos, limbos, purgatorios y quizá bóvedas celestes de esta u otras obras. El propio Reed y sus colaboradores son los únicos Virgilios autorizados de este viaje alucinante. Queda parte del disco dos y falta la participación de David Bowie y, a esta altura, la misión me excede. Renuncio. La tarea es de ustedes, aborden los abismos de The Raven por propia voluntad.

A remangarse, estar dispuestos, y hacer el trabajo. Y siempre dispuestos a hacer el más duro de los trabajos. No se trata de dar play al disco y dejarlo sonar. Hay que quedar inmóvil, y escucharlo. Sin el móvil, sin estar cocinando o revisando la agenda, sin ponernos a lavar ropa. Hay que escucharlo, si es posible, apagando la luz.

Ni hablar de salir a caminar en la tarde, o mañana soleada y tener los auriculares como intermediarios. Inmóviles, desconectados, a oscuras; olvidando y olvidados por todos. Y quizá ahí se pueda sentir eso sobrecogedor, el abismo del dolor; y, pasando sus múltiples barreras, encontrarnos ese ángel guardián que nos espera en el último tema. Y si eso no sucede y no llegan a la mitad del primer disco, bueno…nada, no habrá castigo, porque tampoco hay sacrilegio.

La vida seguirá felizmente con nuestras adicciones a series y ausencia de libros. Y hasta pueden encontrar buenísima la serie de Mike Flanagan…ojalá!!! Y pueden quedarse con otros discos, otros abismos, otros Poe. Podemos volver, placenteramente, sin culpas, ante todo eso; esa inmensidad disponible, que una vez más, volverá a aburrirnos.