Merodeando Una Batalla tras Otra
Merodeando Una Batalla tras Otra
PERDERLAS CASI TODAS, GANAR LAS MÍNIMAS, LAS QUE DE VERDAD IMPORTAN
Por Mauricio Efraín Pagola
Saliendo del invierno de nuestro descontento, llegó al fin a las salas, la película para ir a ver al cine, para romper el letargo de la cinefilia doméstica, ese hábito en el que hemos caído, hasta los cinéfilos más duros. Llega a las carteleras One Battle After Another, una película que ya era buena, de la que ya gustábamos y nos enardecía desde el afiche, desde antes de ver el trailer, bueno, flasheábamos antes de ver ningún trailer, porque era la maravilla asegurada del 2025, caramba, cómo no, dirigida por ese puto genio que es Paul Thomas Anderson (Studio City, California, 1970).
Una vez ante Una batalla tras otra, tuvimos ese baño de realidad, eso que separa el hype de lo que realmente percibimos. Desconcierto.
No reconocemos a P. T. A, o sí lo reconocemos, pero… ¿qué diantres está haciendo, qué pretende?
Estamos en guerra, clarísimo; el grupo terrorista French 75, contra las fuerzas represoras, liberando a los inmigrantes confinados en campos celosamente custodiados por los cancerberos del status-quo; ¿la América de Trump?
La que corta el bacalao y dirige con pasión militante es Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor), que ya en su segunda aparición, la vemos reduciendo, tras robarle su gorra y su pistola, a un enemigo de peso: al Coronel Steve J. Lockjaw (Sean Penn).
Escena que obtiene el honor, dudoso, de ser la primera en la historia del cine, en la que vemos una erección provocada por un arma de fuego.
Sigue la lucha, las explosiones, los asaltos, sigue la motherfucker revolution, como la llama la feroz Perfidia, y en esa guerra ocurre el primer punto de inflexión; el inflexible militar Lockjaw, (o sea, mandíbula cerrada) quiere de regreso su gorra, su pistola, y tener sexo con Perfidia, importándole un bledo que siga con su lucha, sus explosiones, sus sabotajes y amenazas, o sea que siga siendo su enemiga real y mortal.
Llega el sexo, llega sin ningún tipo de elaboración psicológica, ni verbal, ni visual, y sin escenas expositivas, que nos sitúen en el tranquilizador por qué de esa extraña, o no tan extraña, pasión entre paréntesis, esfuerzo que otras películas intentaron, si no responder al menos interrogar, baste un ejemplo, sobre el vínculo erótico incurable entre la judía torturada y su torturador nazi, en el hit de los setenta, Portero de Noche (1974).
Hay sexo, y sexo rudo, en planos muy cortos, al ritmo de la irónica Soldier Boy interpretada por The Shirelles.
P.T.A. avanza sin interrogar, sin plantear enigma alguno, así pasan las cosas, así las muestra, o más bien las deja entrever. Luego vendrá el embarazo de Perfidia, con su pareja “oficial”, su guapísimo compañero de militancia, “Ghetto” Pat Calhoun (DiCaprio), que no por tirar bombas, carece de la sensibilidad ante la idea, y el hecho, de lo que es tener y ser una familia.
Ahí ya P.T.A. nos está sacando del campo minado de la guerra, y nos introduce, parece introducirnos, en el terreno del melodrama, al principio sádico o grotesco; Perfidia no encara la maternidad, se asfixia en el papel de madre, en el marco de la familia, de ser tres.
Variantes del sempiterno triángulo amoroso, que no sería Lockjaw, Ghetto y Perfidia, sino Perfidia individuo, familia, y la revolución. Tensión que luego vira, con una elipsis de dieciséis años, al thriller donde padre e hija, ya solos, deben fugarse de los enemigos de siempre.
Después del nacimiento de Charlene, bebé con el color de su mamá negra, que cambiará, al avanzar el relato, su nombre por Willa (Chase Infiniti)… ¿qué diantres esperamos, a qué está jugando Anderson, va tras los pasos de Tarantino o de los hermanos Coen, va a perderse, a perdernos, placenteramente, como en la fumada, lisérgica trama de Inherent Vice (2014)?
¿Es One Battle…otra Inherent Vice? Ya que ambas parten de una novela de, el ilegible, según Truman Capote, Thomas Pynchon. No se sabe, no sabemos, no podemos saber. Pero, ¿qué deberíamos saber, qué debemos pedirle a P.T.A?
Acaso la contundencia de una película política, una clara posición ideológica, una garra y un brío, una claridad como la que respiraban en los sesenta o setenta, aquellos títulos que hoy son clásicos; DiCaprio bastante intoxicado de marihuana, tumbado en un sofá repite los diálogos de La batalla de Argelia (1966) de Gillo Pontecorvo, que brilla desde la pantalla de su t.v.
Y que significa hoy hacer una película política, acaso en ese mostrar a los tirabombas de ayer como los perezosos, narcotizados de hoy, patéticos adolescentes en cuerpos cincuentones, cuyo gesto político más visible es no usar celular, tampoco permitírselo a su hija, e inspeccionar a sus amigos con un celo prejuicioso, conservador, conductas asumidas dentro de resacas, que presentimos rutinarias.
Si todo es gesto político, ¿lo es…? ¿qué diantres es hoy una película política? Antes bastaba el reconocer la influencia de Bertolt Bretch, o el afán de Orson Welles en desnudar al poder, o la desobediencia de Godard ante las convenciones del cine narrativo, antes bastaba con Brecht; el catecismo de los realismos socialistas, y con fortuna, a veces, con el maridaje feliz, la cruza con el teatro de la crueldad de Antonin Artaud, la fe en la anarquía, la fe en el pensar y poetizar, más allá de la urgencia de consignas. Las ganas de trascender la literalidad con el aliento de la vanguardia.
Antes bastaba el manifiesto y su claridad, como los de Glauber Rocha (1939-1981) y su fe en el Cinema Novo, una fe ingenua, y aquel reconocer bandos claramente diferenciados, el cine colonialista e imperialista, y el domesticado, y nada revolucionario, cine de los países socialistas. Esquemática claridad y discurso didáctico que contradecía el hermetismo y lo críptico de sus películas (Dios y el Diablo en la Tierra del Sol (1964), Tierra en Trance (1967), Antonio das Mortes (1969), todas ejemplo de la forma que se resiste, se rebela al discurso orgánico, y a terminar siendo herramientas útiles a la disciplina partidaria.
Después de Bretch, de Godard, de Welles, de la anarquía de Artaud, los inclasificables objetos de Glauber Rocha, las películas partidarias de Solanas, después de los hits de Pontecorvo y Costa-Gavras, ¿qué sería el cine político?
Y vamos a ser bastante reduccionistas, y anacrónicos, tomando la definición del propio Rocha de cine político, entendido como: “arte de oposición de los sistemas opresivos” (*).
No hay dificultad en reconocer amparados en dicha definición, a títulos como “El Crimen de Cuenca” de Pilar Miró, “La Patagonia Rebelde”, “La Noche de los Lápices” ambas de Héctor Olivera, “Garage Olimpo” de Marcos Bechis, sin entrar a sopesar complejidades y burdos esquematismos. Y ya hilando más fino, habría títulos cuya esencia política no sería tan evidente, pero sin embargo rezuma, desborda; Amanecer de los Muertos (1978) de George R. Romero, o El Imperio de los Sentidos (1976) de Nagisa Oshima.
Claro que no es menos político, el arte que en lugar de cuestionar, obedece, atempera, y defiende o disculpa el orden institucional, también es político el cine opuesto al cine de guerrilla, a La Hora de los Hornos (1968), y al puñadito “de películas impiadosas y agresivas” del primer Godard.
Y desde el mundo desarrollado, desde el presente del MAGA, desde el corazón del cine identificado como colonizador ideológico, ¿qué cosa sería o funcionaría como una oposición, sino una bomba, un molesto petardo, una piedrita en el zapato del monstruo infernal?
One Battle… toca el tema de la rebelión, de los inmigrantes, de la violencia, de los delirios enfermizos de la extrema derecha, del racismo, es decir, son temas reconocibles, pero apenas aparecen tangenciales, son elementos del paisaje más que “temas”, figuras ornamentales de la trama, que se desfiguran en la velocidad o lentitud del relato; el ridículo “Viva la revolución” gritado por dos personajes, por el tranquilo, buena onda, instructor de artes marciales latino, Sergio St. Carlos (Benicio del Toro), y por el fumado, desesperado Ghetto-DiCaprio, en una escena de intención cómica, difícil de percibir tanto desde la épica o melancolía de un desencanto, o desde la burla feroz de una sátira sin imaginación. Tal escena desconcierta, no tendría, o no parece tener intención, de hacernos participar de una euforia o una frustración, que podrían calificarse de políticas.
P.T.A. entre toda su galería de vulnerables y casi feos perdedores (llamar feo a DiCaprio, a Regina Hall y a Del Toro, es pasarse bastante, aunque aquí el que se pasa es Anderson…) y los ganadores siniestros, bien vestidos, igualmente feos, feísimos, nos introduce a la mestiza Charlene -Willa, en una sucesión de planos que siguen con placer enamorado su danza de artes marciales, tal vez el único momento en el que busca un equilibrio y armonía, el único momento en el que Anderson siente la necesidad de ser clásico. Ante la aparición de la belleza física y la juventud, con una moral no contaminada de las batallas sucias o nobles, justas o ridículas de sus progenitores.
Durante su embarazo Perfidia habla del demonio de su pussy, que la traducción en los subtítulos atempera con el término más anatómico, de vagina.
En el diálogo procaz con su compañera Jungle Pussy (vaya ausencia de sutileza los nombres de One Battle…) esta afirma que pussy es diversión, a lo que Perfidia replica que la diversión son las armas, mientras su pussy es guerra.
Las mujeres ríen borrachas a la luz de la hoguera, ante sus hombres silenciosos, callando quizá su desagrado. ¿Es One Battle… una película sobre la masculinidad en crisis, o se trata de otro cruel melodrama sobre el deseo, a la manera de Marco Ferreri? Tampoco va por ahí la cosa.
Si las armas, y quizá toda la motherfucker revolution, es pura diversión, es decir farsa, solo queda ir, esperar, por la película de esa guerra, verdadera guerra, que estalla en la pussy de Perfidia.
La película sobre el deseo, que quizá termine convertida, en una película sobre el amor.
La aparición de Charlene- Willa habrá de hacer saltar la película por los aires, ni la diversión de la guerra, ni el thriller político, ni la guerra que emana de las pussys, ni el thriller psicológico.
Perfidia cerrará su pussy desapareciendo de la trama, y dejando como columna vertebral del relato, una paternidad dividida en dos; la paternidad de un ex guerrero que se volvió perezoso, paternidad no biológica pero amorosa, y la paternidad real, la biológica, y que no conoce el amor, ni la menor sublimación de una pulsión primitiva, brutal, asesina.
Así P.T.A. arma y desarma una película que tiene sus cadáveres, sin caer en lo tarantinesco, y tiene todos sus absurdos, sin parecerse a una película de los hermanos Coen, y subterráneamente corre una historia de lazos de familia, que jamás se vuelve caramelo, ni llega a la tibieza contenida con que el mainstream suele vestir a tales historias.
Empantanada por largos tramos One Battle… se pierde o se distrae en escenas ridículas y estiradas, algunas, como el interrogatorio para conseguir el número de celular de Willa, dan vergüenza ajena por su falta de sentido, hay que esperar a la carretera y a los espacios abiertos, los paisajes lunares de El Paso, la aridez texana, y sobre todo al uso del espacio que el director maneja con elegancia, por primera vez, en el convento, donde se sienten respirar los planos verdaderos. Planos y puesta en escena, el verdadero latido de lo que llamamos cine.
Incluso en el primer plano de los rostros, frente a frente, de Lockjaw y Willa, donde la bestia, huele a la otra bestia que es Perfidia (¿Pussy?) dentro de su posible hija, hay ahí una belleza arrolladora; la fealdad del Penn caricaturesco, y la belleza de Chase Infiniti.
No hay más remedio que rendirse, ante la vibración de semejante pathos, fugaz, salpicando apenas un todo que es puro caos y desconcierto.
Si P.T.A tiró una bomba política, ¿dónde están los escombros, las cenizas humeantes que ha dejado? Si se trata de un shock, de un sacudón estético, ¿en qué consiste tal shock, tal innovación?
He leído y escuchado entre los pocos detractores, P.T.A y One Battle… dicen, no van a ningún lado. Mentira, el relato deshilachado y avanzando a puro trazo grueso, tiene su destino, su destino espacial, temporal y también moral. Destino de dos caras, la irónica y grotesca; una resurrección decretada por el guión al son de Perfidia por Los Panchos, y la levemente complaciente y pop; un nuevo comienzo que es emocional, frágil, pero feliz, al son de American Girl de Tom Petty and The Heartbreakers.
Termino diciendo lo contrario de lo que quería decir, Una Batalla tras otra, da sus batallas, las libra con altura, aunque posiblemente no gane en ningún flanco, no den en ningún blanco, y no retroceda el enemigo, y entre pérdida y pérdida, sabe elegir el bando de los delirantes, lunáticos de ayer, que aprenderán que más allá de la guerra y la diversión, hay otros sentidos, otros porqués que el enemigo, las bestias mandíbulas apretadas de este mundo, jamás nos podrán quitar. Y no pierde, la verdadera batalla, puesto que las películas jamás serán armas de fuego, solo vale la pena ganar la batalla de la forma; la del plano, la de la puesta en escena, la del género; freedom is not fear.
P.T.A. no tiró ninguna bomba, apenas hizo la menos lograda (?) de sus películas, (¿será la ambición de todo auténtico cineasta, la creación de películas logradas?) y quizá no sea un puto genio, pero es uno de los nuestros.
(*) La Revolución es una Eztetyka. Por un cine tropicalista. Glauber Rocha. 2011. Caja Negra editora.

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