Sin paz, Richard Yates

Sin paz, Richard Yates, 1975

Por Augusto Coronel Odizzio

Richard Yates gozó de un reconocimiento pasajero en vida, incluso fue finalista del National Book Award en 1962, por su primera novela, Revolutionary Road (Vía revolucionaria, llevada al cine por Sam Mendes en 2008), que, obtuvo buenas críticas, pero pocos lectores, y se perdió en el ruido literario de la época. Yates siguió escribiendo y publicando cuento y novela, dejando una obra extensa. Pero, aunque destacado profesor y periodista, fue perdiendo relevancia como escritor. Fumador y alcohólico toda su vida, murió en 1992 a causa de un Enfisema pulmonar. Autores como Raymond Carver y Richard Ford revivieron su obra tras la muerte, dándole un lugar más que merecido en la narrativa estadounidense. Gracias a la reivindicación de su memoria por parte de autores que uno puede colocar en “escuelas” similares, es que contamos al día de hoy con su obra. Él, por fin, cuenta con el merecido reconocimiento tras la muerte, cosa común y consabida entre muchos grandes autores. Mención aparte merece la traducción al español por parte de Vicente Riera Llorca para la editorial Fiordo, que también publicó su libro de relatos Once tipos de soledad y que se ha encargado de rescatar autores notables como John Williams, entre otros.

Puede que Sin Paz sea la obra que mejor resume las obsesiones de Yates, sus temas y preocupaciones: la decadencia de su país, enfermiza y desigual; el arrastre de la Segunda Guerra Mundial como fantasma asediante; la soledad y la locura; la alienación y el fracaso crónico; la desintegración del ser humano en su totalidad.

Existen personas que, por distintas razones y de una forma u otra, nacen para fracasar. Pulen y perfeccionan la capacidad de perder sin notarlo. Perder por las circunstancias o las decisiones. Perder por la incapacidad de lidiar con la vida. Perder a pesar de tener chances de ganar. Se arriesgan a fomentar un deterioro lento y corrosivo. Personas como John Wilder, protagonista de Sin Paz, un simple vendedor de publicidad que sabe lo que es el éxito y sabrá, de a poco, lo que es el rotundo fracaso. Wilder es alcohólico, esposo infiel y padre poco atento, al borde de una crisis nerviosa, de un estallido transformador. No cae de golpe en un abismo sin fondo. Atraviesa, primero desde la cima, una caída con golpes y sacudones que se extienden de manera intermitente. Como el derrumbe que implica rodar sin ritmo por una escalera. Al pararse, de ser posible, van a venir problemas. El final será el suelo, pero también será, todo él un destrozo, algo lacerado, comido a golpes. Vivo y sufriendo, con suerte, muerto.

John esta hastiado de la vida que tiene. El cómodo éxito de la clase media yanqui, en un país que nada tiene que ver con el que es hoy. Para bien o para mal. La definición de éxito es relativa, pero en el caso de John y la sociedad a la que pertenece, significa ganar dinero en una profesión respetable, tener una familia, ser un miembro atento y productivo de su comunidad, mantener cierta estabilidad respetada por el resto. Todo, aunque el costo sea pudrirse lentamente por dentro por no elegir la vida deseada, si no la que se espera, la que entrega comodidad y respeto. Esto significa destruir una parte esencial del ser. Y, tarde o temprano, la verdad asesta. Muchos la ignoran hasta un infarto los alcanza. Otros tratan de no mirar su pasado, solo hoy y mañana. Y están los que el impacto les afecta, los cambia, los destruye. Así es el caso de John, sin más. Hay una cadena de sucesos y, entre ellos, las decisiones que uno toma y las consecuencias que prevé. Pero también están aquellas más bien inesperadas que a veces aterrizan de golpe. Castigan. Golpean. Y el afectado otra vez debe tomar, apurado tal vez, otra y otra y otra decisión. Pero John tiene un sueño que podría alejarlo del tedio de su vida. Quiere explorar el mundo del cine. Proliferar en él. Es, ese sueño, un lugar al que ir para él, una forma de liberarse de la incipiente miseria. La estupenda ironía con la que Richard Yates logra marcar el inicio del deterioro absoluto de su protagonista.

La miseria siempre ronda. Y los propensos a vivirla al punto de sentirse definidos por ella: viven, mueren, se matan. Depende del carácter, de la importancia, o no, de otras personas en su vida, y de otros factores fuera del propio control. El que decide vivir esa miseria, hundiéndose en ella cada vez más, cambia. Comienza un proceso de enajenación autodestructiva. La oculta, pocas veces con éxito, a la larga al menos. Y piensa, mejor la muerte. Pero se queda a ver qué pasa. Quizá podría llegar a mejorar; entonces elige la vida. Pero si esa idea se repite cada tanto, sin resultados visibles, es una reafirmación de que nada va a mejorar. De que en realidad solo será peor. Y que aunque uno se pueda acostumbrar un poco a la miseria, no deja de sentirla crecer como un cáncer torturante pero silencioso.
Así es que un día el miserable nota que está en un infernal descenso. Un torbellino invisible que no solo lo arrastra a él, sino a todo lo que su mundo es, o lo que de él queda. Solo, por completo, baja. Allí lo esperan monstruos que le repiten y le muestran cómo podría haber sido. Qué podría haber pasado si hacía esto en vez de aquello. Esa es la verdadera tortura y no es necesario estar muerto para sufrirla. No hay salvación. Llegan, contundentes, la locura, el alcohol, las drogas; todo cuanto pueda adormecer, alejar, apretar los latidos nunca quietos de esos monstruos interiores.

De principio a fin esta novela ofrece un relato crudo y directo sobre la decadencia. John Wilder es la herramienta del narrador para navegar, entre su periplo, por los temas que persigue como autor. Componente esencial que define, entre otras cosas, a un narrador honesto que sabe manejar los mecanismos de fondo que le resultan invisibles al lector promedio. El protagonista ya es un perdedor, ya ha fallado como esposo y padre desde antes del comienzo de la novela. Esto logra dar esa impresión de que la historia empezó en un punto anterior a su escritura. Yates utiliza una prosa seca y concisa que mantiene siempre un equilibrio entre acción y descripción. Se vale con frecuencia de los diálogos para mostrar, sin artilugios complejos, quiénes y cómo son los personajes. Lo hace tan bien que no necesita cargar su estilo de farragosas reflexiones; aunque no deja de ser una novela reflexiva, tanto sobre el individuo como sobre la sociedad que lo contiene. Lo es mediante el ejercicio de la prosa mencionada; lo es, también, porque es de esas novelas cuyo autor sabe, por vivencia propia, de lo que está hablando. Yates establece una retroalimentación honesta entre persona y grupo. Cuestión que se evidencia de a poco y se resalta en algunas escenas intensas, que pertenecen, sobre todo, al período en el que Wilder se encuentra internado en un manicomio, donde su  interés por producir o involucrarse a la industria cinematográfica crece. La sucesión de estas escenas fortalecen el autoengaño de buscar un sueño imposible, que miente una salvación. Los deseos y los problemas de Wilder no son solo suyos, son también los de una generación, de un contexto que acompaña a la miseria interna y que, incluso, la fomenta. Con sutileza, el narrador, nuevamente con Wilder como guía, planta señales del famoso sueño americano. Tanto su rotura como la búsqueda vital y permanente de una quimera que es sinónimo de éxito y estabilidad. Pero un sueño siempre es impredecible. Siempre está lo incontrolable en el medio, lo no previsto, los errores, las decisiones incorrectas. Todo esto forma una compleja ecuación que afecta la persecución del sueño, y para Wilder implica, finalmente, el ingreso a un infierno propio, cada vez más descarnado, cada vez más real y sin un final a la vista.

Sin paz
Richard Yates
Fiordo (2019)
296 pág.